El ferri desde Sihanoukville tarda unos cuarenta minutos, el tiempo justo para dejar atrás la tierra firme y su ruido. Entonces la bahía de Saracen se despliega ante los ojos, una curva ancha y poco profunda de agua del color de un té flojo junto a la arena y de un azul de cristal más hondo mar adentro, y el motor se reduce a un murmullo. En ese punto la gente suele callar. Es una de esas llegadas.
La bahía que marca el ritmo
La bahía de Saracen es la sala de estar de la isla. Una hilera de alojamientos bajos de madera se recoge bajo las palmeras, tan cerca del agua que desde una hamaca se puede leer un libro sin dejar de oír la marea. Nadie tiene prisa. Las barcas llegan y parten desde la propia arena, sin muelle de por medio, y el día se organiza en torno a la luz: un baño antes del calor, un almuerzo largo, un paseo lento cuando el sol cae tras los árboles de la orilla opuesta.
Lo que ocurre tras el anochecer
La isla no tiene carretera de circunvalación y, en casi toda su extensión, tampoco coches. Cuando los generadores se apagan y los bares conservan solo sus faroles, la oscuridad se vuelve de verdad oscura, que es justamente la idea. Basta caminar hasta la orilla y pasar la mano por el agua baja para que esta responda con chispas. El plancton bioluminiscente es aquí fiable en las noches sin luna, un centelleo frío, entre azul y verde, que casi todos los visitantes llegan tomando por una fábula de viajeros y que se marchan habiendo visto de verdad.
Por el espinazo de la isla hasta las otras playas
Koh Rong Sanloem es lo bastante pequeña como para cruzarla a pie. Un sendero de selva sube por el espinazo de la isla y desciende, veinte minutos cálidos después, hasta las playas occidentales, donde Lazy Beach y Sunset Beach miran justo hacia donde conviene para el espectáculo del atardecer. Al norte, el pueblo de pescadores de la bahía de M'Pai conserva un aire laborioso y cotidiano, con fideos baratos y un muelle desde el que tirarse al agua. Nada está pulido. Ahí está precisamente el encanto.
Cómo estar aquí
Conviene llegar con menos de lo que se cree necesario y no olvidar el efectivo, una linterna y cierta paciencia con todo lo que funciona al ritmo de la isla. Hay que quedarse al menos dos noches, porque una no basta para que la tierra firme suelte los hombros. Y no conviene planificar de más: la isla recompensa al viajero que da por pleno y suficiente un día de hamaca, baño y un plato de pescado a la parrilla.